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Historias
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la magia de la danza y el tamboril
“Danzar no es solamente hacer gestos. Es dotar al espacio con una posibilidad de imágenes precisas, de volúmenes armónicos, en un tiempo y un ritmo coherentes con la proyección de la luz y de la sombra que cae con el acento propio del cuerpo. Y esta ley la cumplen con ejemplar rigurosidad los danzantes ‘folk’ del candombe afromontevideano”. (Flor de María Rodríguez de Ayestarán, ‘El tamboril y la comparsa’).
Los bailarines de ambos sexos y los tamborileros, al realizar su mímica caen en una situación de misticismo, en una relación con el éxtasis, el ritmo y la gracia dominadora. La negra joven, según Flor de María Rodríguez de Ayestarán, es una danzante cuyo juego de músculos y excitante coreografía pertenecen al ceremonial del viejo candombe. “Algunas se convierten, por su belleza y ardor dancistico, en verdaderas ‘vedetes’, que son presentadas detrás de los portabanderas y estandartes, estrellas y medias lunas, marchando solas, lujosamente ataviadas, con profusión de plumas, gasas, volantes, pedrerías, etc.”. Otro danzante superviviente del antiguo candombe colonial es el negro joven, que desarrolla una coreografía vivaz, despegado del suelo con total delicadeza, como si su pierna luchase contra la ley de gravedad. Ambos, negra y negro jóvenes, cuando se encuentran en el desarrollo de la comparsa, cumplen con una danza de provocación y búsqueda, dramática, delicada y excitante. Flor de María Rodríguez de Ayestarán nos aporta una hermosa descripción del encuentro: “El negro se arquea para perfilar su silueta con el cuerpo también perfilado de la negra y apoyan sus hombros el uno en la otra; el índice del negro señala la tierra -¿fertilidad?, ¿fecundidad?- casi rozando las piernas de la compañera, mientras extiende el brazo contrario hacia delante. La mano muy abierta, equilibrando el peso del cuerpo. Esta incitante aproximación llena de hermosura en las miradas que ambos se cruzan, sus bocas entreabiertas, su respiración jadeante, mientras en perfecto equilibrio ambos van doblando pausadamente sus rodillas para descender hasta casi tocar el suelo con las nalgas... Ella sacude sus hombros con fino temblor y cuando ambos se encuentran en cuclillas sin dejar el apoyo de sus hombros unidos, comienza el ascenso hasta lograr que sus piernas lleguen a la máxima tensión y estiramiento. Se separan bruscamente y la negrita vuelve a oponer su rostro. El negro queda petrificado un instante, lo cual le permite a la bailarina avanzar algunos pasos; luego se eleva sobre los dedos de los pies, logrando un ascenso prolongado que sustenta todo el peso de su cuerpo sobre las puntas que ejecuta; luego flexiona las rodillas iniciando una carrera loca y desenfrenada hacia su pareja, rodeándola con una sucesión de pasos muy cortos y corridos. Le es muy difícil descubrir el rostro de la damita, lo cual lo lleva a ejecutar una variedad de difíciles pasos...”.
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