Los escoberos
“Nosotros somos malabaristas. Pero hay escoberos que bailan a La Buena como Melogno y su hijo. Ellos bailan a la Buena porque son del tiempo de antes. En la Buena se rompían la cabeza, trincaban y el que caía primero perdía. Triunfaba el que hacía la zancadilla”... “Estas son palabras pronunciadas por el escobero Juan Tindemblat (a) “Triquitriqui”, en respuesta al interrogatorio registrado en cinta magnetofónica, realizado por Lauro Ayestarán y quien lo comunica ahora, el día jueves 15 de enero de 1966 en el Teatro del Pueblo, durante un ensayo del Teatro Negro Independiente. Este dato de una de loas formas de bailar de los escoberos fue recogido anteriormente por el folclorologo Idelfonso Pereda Valdés de labios de Víctor Ocampo Vilaza, quien le entregó una jugosa descripción de la danza que Pereda nos facilita en su libro “El negro en el Uruguay- Pasado y Presente”.
El hecho de tocar la tierra con las manos o el cuerpo significaba la derrota del danzante y la caída, el descenso; significaba también el fin de la danza para el derrotado, mientras el triunfador elevaba la escobilla hacia planos superiores en alarde de oposición danzante rival, pero no terminaba así toda la danza, este era el principio de una batalla campal entre las dos comparsas que habían permanecido como espectadoras impasibles en aquella lucha entre sus escoberos. El dato ser malabarista, según el informante “Triquitriqui”, significaba todas las suertes que el escobero ejecutaba con su escobilla. Este juego malabar tiene una gran riqueza en los escoberos de lujo y es ejecutado siguiendo el ritmo de los tamboriles, con diferentes pasos de baile creados por los propios escoberos. Algunos avanzan unos pasos, se detienen de pronto o bien caen de rodillas o sobre una sola de ellas, extendiendo la pierna contraria hacia delante para jugar con su escobilla recorriéndola en ascensos y descensos vertiginosos que van desde la nuca al pie extendido. Otros avanzan y dan vueltas amplias y se detienen por instantes para hacer alardes de gracia, equilibrio y precisión en el difícil arte de dejarse rodear por un objeto que ellos mantienen en constante rotación y que simboliza, sin duda, el esfuerzo del hombre por equilibrar sus planos materiales –que lo sujetan a la tierra- con los planos elevados hacia donde asciende el espíritu y su pensamiento. El ascenso y el descenso permanente de su escobilla, desde su cuerpo o su mano hacia lo alto o hacia sus miembros inferiores, muestra a este danzante en perfecta sincronización muscular y la rapidez de su mirada. El escobero de las comparsas negras montevideanas posee una enorme fuerza y sutileza malabar; su despliegue de habilidad en este sentido es inagotable. Su escobilla comienza a rotar entre sus dedos con un temblor rítmico marcado por la música de los tamboriles; de pronto se separa de la mano que la retenía –impulsada por ella- y se la ve elevarse en el aire con una gracia casi floral, para retornar a la ávida mano que la espera o para ser recibida por los antebrazos que la rotan con ligereza hacia las manos extendidas con las palmas hacia arriba, que vuelven a impulsarla a rápido vuelo. Pronto la retoma haciendo que la escobilla recorra desde la punta de los dedos por el reverso de la mano y logra que ascienda, siempre rotando, hacia uno de sus hombros para que enseguida comience a descender hacia el vientre, en tanto el danzante –arrodillado sobre una de sus piernas, extendida la contraria hacia delante- la deja correr hasta la punta de su pie extendido para darle un leve empujón de los dedos que la escobilla comience sus ascensos por los músculos tensos del bailarín, desandando su anterior camino. Si el escobero permanece de rodillas, cuando la escobilla llega a la altura del hombro la hace girar por su nuca, la vuelve por sus hombros y la hace recorrer otra vez por su brazo extendido y se pone rápidamente de pie para reanudar el juego, o bien la lleva por su espalda entre los hombros, acariciando con la escobilla sus omóplatos mientras ejecuta sus pasos de danza, a veces con gracia singular. Cuando la tira al aire, como a un diávolo, muchas veces la recibe de rodillas y otras de pie; a veces con su espalda, su pie, su brazo. Se puede observar en estos bailarines extraordinarios que cada uno de ellos posee un número diferente de figuras y movimientos que despliegan mientras avanzan por la calle, donde cada uno emplea diferentes pasos de danza. Es escobero Lindemblat ejecuta un paso de “bourrée” con la natural imperfección con que un danzante popular realiza un paso de danza en forma espontánea y con desconocimiento total de la forma académica. Cuando lo interrogué al respecto, insistí en el dato de si ese paso era usado por otros escoberos: obtuve como respuesta que él lo había creado porque así lo sentía “como necesidad” de ejecución de su juego malabar.
La escobilla usada por los escoberos se prepara especialmente en un determinado comercio del ramo, con la medida que la hace tres cuartos menor que la escoba común de uso familiar. Algunos les sujetan cintas de colores rodeando el palo en espiral, o bien las pintan en la misma forma. Las cintas pueden ser de género o de celofán; rodean la parte alta de la escobilla, en la paja, usando los mismos colores y otros diferentes. Los escoberos se visten con un buzo y un bombachudo; se calzan los pies con alpargatas azules o blancas, medias negras, sobre las que se destacan las cintas rojas que sujetan las alpargatas hasta la rodilla, rodeando la pierna en forma de cruzada; llevan una torera de color. De su cintura penden dos cueros, siendo llevado uno adelante y otro atrás, que son de zorro, oveja y a veces perro. En estos cueros cuelgan espejitos, cuentas de colores y diversidad de adornos, todos ellos brillantes o de radiante color, así como cascabeles que acompañan musicalmente el ritmo del danzante, en consecuencia con el tamboril. Aparece por primera vez el escobero en el culto abierto del arcaico candombe montevideano, cuando los morenos conmemoraban la coronación de los reyes congos, en el día de Reyes o de San Baltasar, cuyo pasaje quedó fijado en los documentos históricos y en las prolijas páginas de los memoralistas; y lo vimos desfilar ante nuestros ojos el último mes de febrero de 1966 durante los días de carnaval, con la admiración que siempre provocaba en nosotros este bailarín. Clasificamos su danza como danza de habilidad, por todas las suertes que vimos ejecutar a sus rápidas manos, con la escobilla, elemento que parece nacido de ellas, entre las yermos de sus dedos, donde rota vertiginosamente sobre uno solo de ellos; o de su mentón, que también como por arte de magia la obliga a girar con suaves movimientos de su mandíbula, extremadamente sabios; o de su nariz, que también sostiene en perfecto equilibrio al igual que su frente; o bien desde su boca, donde se apoya el palo en el labio inferior y sobre los dientes, desde donde se semeja una alta flor sobre su tallo girando a todos los vientos su color, nutrida por la sangre y el éxtasis de este danzante, al que tantas veces hemos visto de rodillas recibir la escobilla que cae desde lo alto, con su pecho abierto por la tensión de los músculos que la esperan para sostenerla clavada allí, como un agudo dardo sobre el sitio de su corazón...”
Flor de María Rodríguez de Ayestarán “El Tamboril y la Comparsa”
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