Cruzamos el océano Atlántico
En una pequeña ciudad del Sur de Hungría, llamada Mohács, con extrañas ceremonias se festeja el domingo de Carnaval. Su origen, tal vez pagano, se perdió en las penumbras del olvido. Apenas terminadas las tradicionales fiestas de Navidad y Año Nuevo, celebradas según las costumbres antiguas, la vida retorna a sus causes habituales. En cambio, los muchachos de la ciudad de Mohács en sus horas libres, se esconden en un rincón apartado de la casa.
Juntan trozos de madera, cuernos de cabra o de vaca y, en el más absoluto secreto, se dedican a una tarea muy importante: la construcción de la careta que “lucirán” el domingo de Carnaval en el desfile de los temibles “bushos”. Así se llama a los hombres, protagonistas de esta fiesta pagana, provistos de caretas de aspecto terrorífico. No hay regla para establecer la forma, tamaño y diseño de estos atavíos; cada cual deja rienda suelta a su imaginación para crear lo que le parezca. Pero, como si una fuerza misteriosa impulsara las manos y la imaginación de los jóvenes, todas las caretas conservan en sus rasgos una extraña similitud en su horroroso aspecto. Las caretas quedan escondidas celosamente. Nadie puede verlas antes del desfile de los “bushos”. Llegado el gran día, la ciudad de Mohács se convierte en una feria gigantesca. Los vendedores, algunos llegados de lejanas comarcas, levantan sus tiendas en las calles circundantes de la plaza principal, ofreciendo una variedad inimaginable de mercancías, desde la mundialmente conocida alfarería negra de los artesanos locales, golosinas, las famosas galletas y tortas de miel, hasta pequeñas caretas “busho” para adornar paredes.
El frío es todavía intenso, pero brilla el sol y el cielo, sin nubes. Antes del mediodía empieza el desfile de los “bushos”. Las calles se llenan de figuras gigantescas que infunden temor. Amplios gabanes o capas de piel de oveja, con la lana hacia fuera, cubren su cuerpo; las caretas impresionantes, pintadas en colores chillones, esconden su rostro. Nadie debe saber quien es quien.
El sonido seco de las matracas llega a ser ensordecedor al incorporarse cada vez más “bushos” en el desfile. No respetan nada y a nadie. Penetran en los jardines y tratan de asustar a las jovencitas casaderas. Estas, luciendo sus maravillosos y pintorescos trajes regionales, los esperan, naturalmente, detrás del cerco. Mientras los “bushos” se empeñan en aparecer lo más feroces posibles y hacer el sonido más estrepitoso con sus matracas gigantescas, las muchachas tratan de descubrir por el timbre de la voz o, por el brillo de los ojos, si no se esconde detrás de la horrible careta el novio, su juvenil amor o el tan anhelado pretendiente temeroso de declararse...
La ceremonia del desfile de los “bushos” atrae miles de curiosos no solamente de los alrededores y de todo el país, sino también del extranjero. Y, estos últimos, que ven los “bushos” por primera vez, descubren algo jamás sospechado: no por un mero parecido, sino una similitud extraordinaria con las caretas talladas por los primitivos pueblos de la lejana Polinesia. Las investigaciones científicas no han podido descubrir todavía el origen de los “bushos”; únicos en Europa. Los estudiosos sólo sospechan que forman parte de ritos religiosos, quizás vestigios de una época lejana. Tal vez alguna tribu establecida en los Balcanes haya practicado estas ceremonias y siguió conservándolas aún después de haber buscado refugio en el norte ante el avance irresistible del conquistador turco. Según algunos historiadores se trata de los “sokac”, de origen balcánico, afincados luego en el Sur de Hungría, en la orilla del Danubio. Ellos conservaban sus costumbres a través de los siglos, si bien tanto su religión como la del Estado les prohibió las práctica de ceremonias paganas. Así las matracas quedaban mudas por siglos; las caretas, bajo la acción del tiempo, empezaban a desintegrarse en el fondo de los arcones de roble, herencia de los antepasados, Todo pareció condenado al olvido para siempre. Fueron los estudiosos del rico folklore de esta región que han descubierto estos implementos fuera de uso de ritos paganos. Los sorprendió su parecido con las caretas de Polinesia. Y cuando trataron de revivir la fiesta de los “bushos” en toda su mística –unos veinte años atrás-, y llamaban a la juventud para que se preparase, estos, sin haber visto antes un una sola careta, las han hecho como las pocas encontradas por los investigadores, casi completamente deshechas. Actualmente no sólo permanece en pie la similitud con las caretas de la Polinesia, sino la enigmática existencia de tótems en una ciudad de Hungría.
El desfile de los “bushos” recorre las calles de la ciudad y termina en la plaza principal. Ya es tarde y, en esta época, oscurece temprano. El último grupo arrastra un cañón antiguo de hierro fundido, montado sobre pequeñas ruedas de madera. Se ignora su edad, tal vez quedó en la ciudad cuando se habían retirado los turcos, durante un siglo y medio dueños de la mayor parte de Hungría. Los antepasados de los actuales habitantes utilizaban el cañón en la ceremonia de expulsar el frío invernal con un tiro simbólico, ya que, según el almanaque, se acerca la primavera... Aún hoy, el cañón es causa de muchos preocupaciones. Se carga por la boca. Una vez alimentado con suficiente cantidad de pólvora, se acerca una mecha encendida a un pequeño agujero que tiene atrás y se espera hasta que la pólvora estalle. La explosión, a veces, demora unos quince munutos. Por fin, se oye el estampido... Los “bushos” encienden, entonces, una enorme hoguera y, blandiendo sus matracas, empiezan un baile frenético alrededor de las llamas. El ruido infernal sigue hasta que la última astilla quede reducida en cenizas. Entonces el silencio vuelve a reinar en la ciudad.
La fiesta terminó. Oscureció; ya es de noche. Los “bushos” vuelven a sus casas, cuelgan en un clavo los pesados abrigos de piel. Caretas y matracas quedan en un rincón, descansando hasta el próximo año. Las muchachas se quitan los trajes regionales adornados de ricos bordados y los guardan, cuidadosamente, para lucirlos en otra ocasión festiva. Pero, no todas las luces se apagan en Mohács. Es el siglo veinte. Apenas una hora después, los ex bushos, recién afeitados y peinados, esta vez con un pullover o una camisa multicolor, las muchachas de minifalda o de pantalones, se encaminan hacia la Casa de la Cultura, centro de diversión de la ciudad. Las matracas ceden su lugar a guitarras eléctricas, órganos y baterías y la juventud baila hasta el despunte del día al son del conjunto beat de la ciudad.
Tomás Peche Suplemento Dominical El Día 4 de Marzo de 1973 |