Noches de Enero
El carnaval empieza para mi con la primera levita de arpillera, de grandes botones de cartón forrados de coco rojo: ya era murguista. Antes de esto, nada. Recuerdo el mameluco de payaso que me hizo mi madre y que me exhibía sin orgullo en el corso de 18. Recuerdo también esos corsos en que, cada vez que se interrumpía el desfile, el chofer de aquellos gigantescos Delahaye con trompa de Bull-dog, o Mercedes o Issotta Fraschini, debía bajar del coche para darle manija adelante.
Las hermanas de mi vieja, o sea mis tías, que eran mujeres jóvenes y divertidas (interesa aclararlo porque cuando se habla de tías pensamos en solteronas de buen corazón y zapatos de lluvia) me habían maquillado con sus propias artes de tocador: dos rosetas exageradamente rojas en las mejillas, las cejas bien negras, la boca grande y morada como una media luna, lo que para ellas resultaba como una caricatura muy cómica. Mientras no bajé del auto todo bien; el primer contratiempo lo experimenté al largarme hasta la esquina, donde los reos del Almacén del Hacha se pusieron a hacerme guiñaditas intencionadas. Furioso, me volví a mi casa, me lavé bien y, con un corcho quemado, me pinté a mi manera. Tendría siete u ocho años. En el famoso conventillo Sarandi 80 ensaya la murga del “Loco” Reyes, su conocida presentación: “De nuevo aquí se presenta aquella murga que hizo furor: los Amantes al engrudo lará con el lanudo- lará del director”. Aquellos versos eran para mi la palabra bíblica, y el día que tuve mi levita de bolsa con botones rojos me sentí todo un hombre. Pero todavía no me había llegado la hora. Por entonces, en 1911, nace “Canta Lurdi” –la agrupación que sería célebre- allí, entre el Teatro Solís y el Mercado Central, en plena vía pública. La componen alumnos del maestro Sambucetti, director del Instituto Verdi, que también conduce la sociedad. Están entre otros, los hermanos Francisco y Pascual Turturiello, José Bruzzone, los hermanos Soriano, un poeta Cardozo, Emilio Mattos. Su vestimenta consiste en pantalón negro, camisa a cuadros de colores vivos, por fuera del pantalón, corbata de moña, zapatos de charol y rancho de paja; el repertorio está hecho a base de ópera italianas. Y salían del Mercado en volantas, pues la sociedad llegó a tener más de ciento cincuenta coristas. Interesa destacar que durante trece años ganó el primer premio, en épocas que actuaban agrupaciones como “Los Líricos”, el “Orfeón Español”, “Pescadores del Este”, la “Estudiantina”, los “Náufragos del Sur”. ¡Noches de enero del viejo barrio! En la pieza de Canguela, “Los Amantes” afinan sus voces: Director: Anoche en el Parque Urbano Coro: No muy temprano Director: Estaba yo con mi Rosa Coro: La Caprichosa Director: Decía que no me amaba y ella lloraba porque la tengo mimosa Coro: Al verla llorar yo lloraba y mis palabras ni la conformaban preguntale a Rosita a las solas y verás si son negras mis penas!
Mas abajo, los “Vagabundos Filósofos”, que dirige Murillo, con sus picantes críticas a la sociedad, y en Patagones –Juan Lindolfo Cuestas- los “Esclavos de Asia”, que sacuden la calle con el repiquetear de sus masijes, el barrio se envuelve en la canción de sus muchachos: murgas corales, estudiantinas, lubolos... ¡Y yo con mi trajecito de payaso! Tenían que pasar tres o cuatro años para que pudiera sentirme hombre, con mi levita y galera dura. Aquella primera murga que salió de enfrente de la Estación Central, en Carmen y Joaquín Requena mantiene en mi recuerdo no más que un nombre propio, el del “Chueco” Figueroa. Su padre nos confeccionó los instrumentos y escribió los versos. Tenía un taller de zapatería en Requena y Cerro Largo, a poca distancia de la Zanja Honda, arrabal mentado en su tiempo. No era ni zanja ni honda; era un barrizal, en una esquina, rodeado de postes y alambres caídos. Allí, unas mujeres que me parecían muy viejas y feas fumaban toscanos y atraían con sus sonrisas sin dientes a los soldados del cuartel Treinta y Tres, de Dante y República. Se mamaban en el boliche “El sol sale para todos” y de allí arrancaban tambaleantes para la Zanja Honda, donde los esperaba un fonógrafo y una caricia. El viejo Figueroa era un hombre fornido, de espaldas cuadradas, de negros bigotes retorcidos. Orgulloso de su oficio, se comprometió a hacernos de cartón-cuero los instrumentos que hasta entonces habían sido de lata con una ranura para colocarles la hojilla. Le llevamos el material, el hombre se esmeró en la construcción, pero los instrumentos no sonaban “ni pa’Dios”. ¡Ni el bombo sonaba! Pero con optimismo salvamos todas las dificultades y ahí, marcando el ritmo con el pie, le metíamos duro y parejo:
“Los émulos de Quevedo se presentan a cantar y si no van a dar nada que lo digan desde ya”.
En la zanja honda los milicos y sus chinas festejaban con alegría esas ocurrencias y nos pedían que volviéramos pronto. ¡Ya estábamos incorporados al mundo de los grandes del Carnaval!! Enero en el barrio viejo, las voces del “Loco” Reyes despiertan las piedras del patio grande donde descansan las piletas de su trabajo de todo el día. De Patagones llega el retumbar de los parches y, más allá, las sátiras de “Los Vagabundos” contra el régimen, donde el que roba un pan va preso y los que roban millones son condecorados. Cada uno ofrece al Carnaval que se acerca lo mejor que puede: su protesta, su danza, su canción... Soledad Varela su cuerpo desnudo, retorciéndose febril al compás de los pinos; yo por mi parte: la ilusión; ya era un consagrado, ¡era murguista!
Julio César Puppo “El Hachero” “Ese mundo del bajo”
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