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Historias de Momo PDF Imprimir Correo electrónico
Historias
Lunes 16 de Febrero de 2009 12:58

tablado de 1928Rememorando Carnavales...

Después sacamos el oso

¿Cuántos años hace que no se ve por las calles al oso, también de arpillera, los brazos colgantes de un palo, sobre los hombros, a modo de balancín, arrastrando una cadena atada al cuello, bajo el sol quemante de verano? Lo siguen tres personajes principales: el amo, el doctor, el tamborero, y su drama se desarrolla siempre con el mismo argumento: el bicho bailotea pesadamente hasta que, fatigado, se deja caer y es necesario llamar al doctor.
Este emite su diagnostico que es fatal, y cuando se propone juntarle las piernas, quizás para imponerle una actitud más digna, aquél abre los brazos y, cuando cierra los brazos, separa las piernas. Así indefinidamente, mientras el tamborero pasa el platillo con un desenfado increíble, como si el oso en realidad lo fuera. Y la gente festejaba eso y lo pagaba. ¿Cuántos años hace que desapareció ese entretenimiento?
Lo mismo cabría preguntarse de la pica-pica. Algunos recordarán en que consistía: una especie de caña de pescar que en lugar del anzuelo llevaba atado un orejón. El pescador va munido de otra caña con una vejiga al extremo y, cuando los pibes acertaban a morder el orejón, se les ahuyentaba a vejigazos. En este arte es inolvidable “Panfiolo”, un muchacho decidido y amante de la aventura y del peligro. Obedeciendo a esos impulsos se embarcó tres o cuatro veces para Europa en calidad de polizón. Como eso no satisfacía sus instintos guerreros, en una de esas se enrola en la Legión Española y va a pelear a Marruecos, junto con “Tanguito”, su compañero inseparable, y con una compañera, esa sí, fiel hasta el extremo, que no lo dejaba ni a sol ni a sombra: la solitaria. Una vez, en la Estación Goes, se comió cuarenta y nueve platos de arroz con leche, nada más que para dejarla contenta  ella. Otra vez, diez pan dulces de un kilo. A pesar de esas performances consagratorias, tenía una debilidad infantil por el pica-pica.
Llegando el carnaval “Panfiolo” se unía a “Gordiola”, el diariero, y se ponía a recorrer esos tablados famosos: El Dragón,  el Harem, Ecco il mondo... Recuerdo especialmente este, porque el proyectista era compañero mío en “El País”: Miguelito Royer. Además boxeador, escultor, pintor, siempre por afición. Una noche llega al diario con la cabeza toda hinchada. Los ojos no se le veían, apestaba a salicilato y desinfectantes. Venía de pelear en el Teatro porteño y había perdido.
De entrada me dijo:
-Dejame hacer la crónica de la pelea a mi, porque quiero probar que el fallo fue equivocado.
El tablado de “Fosforito” Royer representaba un enorme diablo rodeado de penitentes; era bueno y se ganó el primer premio. Ese año se presentó también EL HAREM en Juan L. Cuestas y 25 de Mayo, que no obtuvo clasificación alguna. Y el vecindario, como protesta, lo deshizo a golpes, repitiendo lo que un año antes había ocurrido con El Dragón, que una mañana apareció degollado. La gente se tomaba muy enserio el carnaval.

“Panfiolo” y “Gordiola” triunfan netamente con su pica-pica. Mirándolo desde el presente, el entrenamiento parece bastante ingenuo; sobre todo para un tipo que ha peleado en Marruecos. Pero alguna cosa  debía de tener cuando los chiquilines se disputaban  el turno para atacar el orejón, desafiando los golpes. Un día se larga de su carro un lechero, atraído por la puja. Se coloca frente a “la carnada” y empieza a tirar a mordiscones al aire. Tenaz, obstinado, terco, -¡euzkaro él!- hasta que consigue prenderse. Y allí no suelta, a pesar del castigo. La vejiga le retumba en la cabeza, en la cara, en el lomo fornido, cuadrado, y él no lo suelta, quiere el orejón. Ahora ya no lo golpean con la vejiga, sino con la caña. Es una verdadera paliza y el vasco, sin saltar la presa de los dientes, se va acercando a su carro y mete la mano en él para sacar los tarros de estaño y arrojárselos a sus competidores. Terminaron presos pero incorporaron su nombre al de los mártires del carnaval.

No todo era flores cuando sacamos el oso; también teníamos enemigos  y saboteadores. Una tarde en que el oso estaba haciendo las delicias de chicos y grandes prometiendo una buena recaudación, un malvado, desde el anonimato, le pegó un cascarazo de sandía en el hocico, dándole vuelta la careta hacia la nuca. Así, con dos caras –la suya y la postiza- el bicho resultaba realmente extraordinario. En su rostro propio había angustia, desolación, perplejidad, mientras en el de cartón, desfigurado por el golpe, parecía reír. La gente empezó a perdernos el respeto; ¡aquel perverso había salido con la suya!

Uno de esos días calurosos salimos a recorrer Pocitos. Por las calles no había  un alma; el sol quemaba las piedras, sudábamos a chorros  debajo de las caretas. Después de mucho andar descubrimos una parejita a la sombra de una verja y hacia allí nos dirigimos. Mentiría si te dijera que nos recibieron con alegría, pero no nos dimos por aludidos e iniciamos nuestra función. Íbamos ya  bastante adelantados en el libreto y habíamos empezado a reunir pibes medio vagos, cuando sucedió lo inopinado: el novio sacó una moneda y la arrojó al aire. Por el tamaño vimos que eran cinco reales; ¡cinco reales de antes! Y sin dejarla caer al suelo ya nos habíamos zambullido detrás de ella, el oso, el amo, el doctor y el tamborero, entre un ruido de latas, de rodillas golpeadas en el suelo y  de chiquilines que gritan aplastados. Perola monedo no estaba; todos jurábamos no haberla visto; nunca pudimos averiguar su paradero. Y la misma sociedad terminó allí mismo su existencia. 
 
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